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Vamos llegando hacia el final, no a un lugar, sino a un suceso, una extravagancia, una anomalía.

Hay un momento particular, un hecho que a veces sucede en este gran carnaval.

En este instante, mientras tú estas leyendo esto, algunos personajes experimentan un destello de desconexión, una desintegración, donde la ilusión, al menos por un segundo, es interrumpida.

Algunos se detienen, otros vuelven a su normalidad.

Algunos ven mas allá de toda construcción, y se preguntan en profundidad: 

qué estoy haciendo?


Algunos deciden cambiar algo; otros, simplemente se olvidan.

Pero solo unos pocos deciden dejar la historia, para siempre.


FIN

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Si miramos más arriba, con una atención distinta, podremos ver algo.  

Luces en los cielos. Pequeñas órbitas, entre finas líneas de matrices delicadas. El código fuente no descansa.
Meta-programadores del gran carnaval.

¿Alguna vez se preguntaron quién lo ha creado?

Los elegantes lo saben, los disidentes también.

En aquella colina está sucediendo algo interesante, vamos para allá.

Es un niño, está asombrado: está observando las construcciones.

Su delicada inocencia le permite ver las colosales guías por dónde la realidad fluye y, en su juicio prematuro, lleno de curiosidad, ve a los meta-creadores invisibles. Disfrazados también, pues diseñan a imagen y semejanza.

Ante la pureza de nuestro pequeño amigo, las configuraciones de sus máscaras se ven glitcheadas: monstruosas facciones, cuatri, quinti, sexti dimensionales. 

 ¿Dónde están? ¿Qué son? ¿Qué hacen?

¿Qué quieren?


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Un tanto mas arriba, en las alturas, custodiado, podemos ver la parafernalia de un sector destellante.

Observemos a través de los muros este sector privado, no-mezclado.


Los elegantes. Altos y esbeltos. Extravagantes. 

Ellos saben de la farsa a la que asisten y contribuyen. Aun así, bajo los atuendos delirantes, saben que engañan al ojo.

Al ojo que encarna cada individuo en esta sociedad.

En el fondo son bestias. Bestias de traje. 
Se revuelcan en los placeres menos imaginados, consumen calidad, derrochan vidas y bienestar. Trabajan sus disfraces desde la etiqueta, hasta la copa.

Su juego se desarrolla en torno a los seteos de la ambición y el poder, perfectamente agendados y ejecutados. Los conocimientos ocultos y ancestrales, apenas revelados para los sectores distantes, conforman sus mentes. 
Utilizados para un bien propio, aplastando las ruedas kármicas, están cerca de los ojos vigilantes, y de los juegos burocráticos que engalan a los sistemas. 

Sistemas que oprimen a los vigilados, a los que ignoran, a los que no sospechan, a los que se conforman, a los que no se revelan.

Ahí los ves, en el Karnaval Pantomyma, cerca del brillo, riendo de lujuria, borroneados a través del humo y rodeados por las chanchas poesías que conforman su falso verbo.


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Mientras se sucede el espectáculo, el falso acontecer, la realidad preseteada en el Karnaval Pantomyma, hay otros personajes diferentes un tanto más allá: los faunos, los demonios, las brujas, y las estrellas se ven entre los árboles, a lo lejos. Son una procesión, van hacia algún lugar.

¿Por qué no los seguimos?

Hay artistas, hay programadores, hay espías y estrategas, hay risas y alegría. Hay revuelta.
Hay código, y aquí no entra cualquiera. Ésta es una zona invisible al ojo de la gran farsa sistemática.

Son silenciosos, pero estridentes. Son invisibles, pero reales. Son caóticos, pero organizados.

No dejan rastro. No están nunca en un mismo lugar. No permanecen, pero son eternos.

Un fauno armado de fluidos. Una bruja ríe con un sonido nunca antes escuchado. Las serpientes se enroscan de placer. Los espectros destellan. Todos cantan:

"Para la fiesta, los días robados. Para la fiesta, la revuelta."

¿Qué harían los cerdos capitalistas aquí?¿A quién sacrificarían?
¿Qué dirían los señores del parloteo?¿Y cómo difamarían ésto las pantallas amarillas?

Pero antes que nada, ¿cómo los atraparían?

Las redes, entretejen.
Los nodos, ubican.
Los flujos, detectan.
Los centros, descentralizan.

El Karnaval Pantomyma tiene zonas ocultas, y éstas no dependen.


PARTE IV

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Veamos a través de los ojos de la máscara. Estamos en el carnaval de la farsa. Observando, espiando.
Los cerdos capitalistas, comen de su propia mugre. 
Los ríos de derroche corren y corren. Desperdicio.
El sistema funciona. Se alimenta de la obesidad del ego, y de la basura.
Los jugadores de dados a un costado.
Los artistas a su lado. También enmascarados.
Todos bebemos de la bacanal, y nos divertimos en inconsciencia, y nos reímos de la consciencia.

Pero ¡Oh!¡Mírenlo a ese! 
Se ha embriagado, 
y ha como despertado 
de un sueño pesado.
Se ha sacado la máscara.

Los cerdos lo miran con odio y asco, y quieren devorarlo.

¡Oh mi querido amigo! ¿Qué has hecho? Te has como sacrificado.
¿Consciente, inconsciente?¿Ebrio, cuerdo?

La violencia reprimida de toda esta sociedad, se canaliza hacia el pobre desvelado,  y es ahora nuestro chivo expiatorio.

Es momento entonces del sacrificio ritual! Si!

Comienza el show. ¡Compren sus entradas!¡Prendan sus televisores!
Lo vamos a carnear, nos vamos a exorcizar!


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El artista si es fiel a su alma
está al lado de los jugadores de dados,
en el carnaval donde
los de más vistosos disfraces
dan limosna a los desnudos,
manteniendo así
su desgracia
y asegurando su propio status.

A todo esto el artista siente nauseas
y la máscara le molesta,
entonces se expresa.

Lo  atraviesa el tremendo proceso de expresar
lo que toda una sociedad piensa y siente.
Acepta todo lo que esta explosión conlleva.

Sus melodías, su poesía, sus visiones, su danza,
trae presagios, abre ojos
y revela cadáveres tras las caretas.

¿Será desterrado?¿Será apartado?¿Será reprimido?

Si es fiel a su alma, nunca será callado.


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